Publicado en Tiempo Argentino el 28 de Abril de 2011
“La mirada de Montaigne es como un antídoto frente a la enfermedad del odio"
Leer La muerte de Montaigne de Jorge Edwards se parece mucho a escucharlo hablar. Su prosa tiene la facilidad y el ritmo de un relato oral; su conversación, el encanto de los que saben narrar. Pronto a cumplir 80 años que no aparenta por la energía que despliega. El premio Cervantes de 1999 encara hacia el lugar más tranquilo del hotel para la entrevista y la interrumpe cada vez que pasa una moza para saludarla, “hace una semana que nos vemos a cada momento”, explica con inconfundible tonada chilena. A pesar de una agenda muy cargada, no deja entrever fatiga por el tema de su último libro, es que su Montaigne baja del pedestal y habla de libertad y reconciliación.
Su tono elegante y un tanto aristocrático recuerda un poco a Bioy Casares, sus posiciones políticas también. Mientras reflexiona sobre el humanismo de Montaigne, explica su apoyo a Piñera, dice que su país estuvo en guerra civil por más de 20 años, y aunque considera que el ambiente literario está mediocre, confía en el público lector.
−La muerte de Montaigne fluye entre varios géneros: historia, ensayo, ficción.
−Es reflexión y ficción, Montaigne fue el primero que usó la palabra ensayo, por lo menos en Francia, posiblemente otro la usó en Inglaterra al mismo tiempo. Es un ensayo mezclado con cuento, con historia. Yo creo que hoy en día sería visto como novela, porque es muy libre y admite la digresión. Entrar a un tema, salir de él e incluso olvidarse del tema principal y terminar en otra parte. A mí me gusta ese tipo de escritura que exige un ritmo más bien que una estructura narrativa cerrada.
−La estructura de su novela se asemeja a un espiral.
−Sí, exacto. La palabra espiral a mí me gusta mucho, y la he usado muchas veces para mi escritura. Es algo que ya está anunciado desde mi primer libro, que es de mis 20 años, y se desarrolla como un espiral porque va abarcando espacios más y más amplios… hasta que ahora, claro, me metí con un tema del siglo XVI francés.
−¿Y por qué un señor chileno en el siglo XXI se ocupa de eso?, ¿tiene que ver con la construcción de su subjetividad como escritor?
−Por supuesto que sí, es un proceso de absorción a través de la lectura de una mirada fascinante y muy moderna sobre el mundo. Montaigne en el prólogo a la primera edición de sus ensayos completos, que es de 1580 y se edita en Burdeos, dice que él mismo es el tema de sus ensayos. Y que el lector puede leerlo si le gustan, si le divierten y si no, que los tire, los deje a un lado, y no pasa nada. Y además repite varias veces: “Recuerden ustedes que yo escribo ensayos, no escribo resultados”. Es una forma de libertad narrativa muy interesante, que a mi manera de escribir le va muy bien.
−La digresión presenta una imprevisión…
−¡Claro!, es que la digresión va ampliando el campo de visión. Vamos por este camino y, de repente, tomamos por el de al lado y ese camino termina, qué sé yo, en el mar, en otro paisaje. Yo encontré una afinidad con esa manera de escribir, en el fondo es un libro de un chileno de hoy que lee a Montaigne y que después mira el mundo con esa mirada lúcida y, al mismo tiempo, no fanática.
−La reflexión sobre lo ético y lo estético ocupa un lugar importante en su libro. El silencio cumple esa doble función.
−El estilo de Montaigne, y el mío también, es bastante rítmico, muy musical, y en la música el silencio es muy importante. Las digresiones, de las que a veces no se regresa, requieren de una escritura que por sí sola, más allá del argumento que use, sea atractiva, que tenga un ritmo. Como una música verbal, en realidad. Y eso a mí me gusta mucho de Montaigne, y eso que lo leo hace bastantes años. Tenía una característica que a mí me resulta muy atractiva, fíjese, él era un hombre que examinaba los temas con cuidado, pero si no llegaba a una conclusión clara en vez de adoptar una posición cualquiera declaraba: “Me abstengo.” Y esta frase la tiene escrita en las vigas de su estudio.
−¿Cómo relaciona el tema de los fanatismos con Chile?
−Yo tengo una visión de chileno, eso no lo puedo evitar pues, y eso que no he vivido toda mi vida en Chile, he pasado mucho tiempo fuera. En Chile hubo una situación de fanatismos, de polarización extrema en los años de fines de los ’60 y ’70. El odio se respiraba en el aire, se cortaba con tijera, como decimos allá. Yo estuve con Neruda una vez, cuando ya estaba elegido Salvador Allende, y él me dijo: “Lo veo todo negro”, y por qué, “por el odio”. Y entonces lo comparó con lo que pasaba en España antes de la Guerra Civil. Con la del año ’35, cuando estuvo allá. Y me dijo: “Lo peor es una guerra civil.” La mirada de un Montaigne es como un antídoto frente a esa enfermedad, porque el odio es una enfermedad.
−Tras tantos años de democracia las pasiones han menguado.
−Fue importante que hubiera una alternancia política y que gobierne ahora la centroderecha. Eso demostró que este sector sigue una línea razonable. Porque se pensaba que iba a volver Pinochet, que iban a destruirse las adquisiciones sociales, y no ha pasado nada de eso. Eso es bueno, porque se terminó la guerra civil no declarada que teníamos en Chile. Nosotros tuvimos una guerra civil no declarada durante 20 años, duró más que la otra, y a veces, es peor, porque es más difícil la reconciliación.
−El concepto de guerra civil plantea dos bandos con similar poder de fuego y en Chile no pasó eso.
−Es verdad, lo que pasó en la guerra civil chilena fue que Pinochet tenía todo el poder, y los que desistieron para no participar de esa guerra, la pasaron muy mal o los mataron. A diferencia de España, en Chile el ejército es una organización muy unida así que no hubo nada que hacer. Una vez, en vísperas del golpe de Estado, Carlos Altamirano, que era el líder de la izquierda socialista, que era bastante extremista, pero muy inteligente, me dijo: “Pero qué guerra puede haber aquí, ¿una guerra de escupos contra tanques?” Y tenía razón, eso hubo.
−¿Y por qué votó a Piñera?
−Creo que la Concertación estaba muy deteriorada, entonces digo públicamente que voy a votar por Piñera, que voy a cambiar mi voto, ya que siempre voté por la centro izquierda o la izquierda. Entonces me llamó por el teléfono móvil –él era candidato todavía–. Es un tipo muy enérgico, muy activo, y me invitó a cenar a su casa con Vargas Llosa que estaba en Chile. En fin… ganó las elecciones y me llamó a Madrid, yo no pensaba aceptar nada, porque no quiero hacer nada que no sea leer, escribir, caminar y cosas así. Andar libre por el mundo, pero me ofreció París (suspira), y yo tengo una vieja relación sentimental con París, y ahí me embromé, porque acepté. Estoy cerrando una especie de ciclo de vida y me identifico con Montaigne cuando decía: “Soy güelfo para los gibelinos y gibelino para los güelfos”, en una época yo decía “Soy de derecha para los de izquierda y de izquierda para los de derecha”.
−Su lenguaje tiene marca de origen.
−Cuando comencé a publicar tuve una fama local, vendí una edición autofinanciada y colocada a consignación de 500 ejemplares en tres meses. Una vez un escritor viejo que iba siempre a los bares de Santiago me dijo, “sabes tú cuál es mi epitafio, ‘quiso ser escritor, llegó a ser escritor chileno’” (risas). Yo uso muchos chilenismos, me gusta el habla de la calle, encuentro que hay un ritmo que me interesa. Y en Montaigne también,
−Su prosa es conversada, como decía Borges.
−Sí, a mí me gusta mucho eso. Entre los prosistas de América Latina, hay dos muy buenos, Borges y Alfonso Reyes, el viejo mexicano. Fueron muy amigos y Borges aprendió mucho de él. Escribir como quien habla, dialogar con el lector. Cuando yo escribo me imagino un lector.
−¿Es el mismo el de Persona non grata y La muerte de Montaigne?
−Sí, yo creo que se parecen mucho. Persona non grata es una reflexión sobre la represión y la censura. Montaigne es el reverso, primero por la gran libertad de opinar, tanto que no se atreve a pronunciarse cuando no está totalmente seguro y ahí dice “me abstengo”. Segundo: siente que es güelfo para los gibelinos y viceversa, porque no se puede acomodar a un corsé ideológico; y tercero dice: “A veces, cuando discuto con una persona, sus argumentos me empiezan a convencer”.
−¿Cómo es la relación de los chilenos hoy con la literatura?
−Los escritores chilenos salen como las callampas. Una callampa es un hongo (risas). Después de la lluvia uno va al bosque y han salido por todos lados. Así pasa con los escritores, algunos sólo llegan a un blog y hay otros que editan y otros que ya editan en España y se sacan premios. Hay de todo. Considero que el ambiente literario público está mediocre. Y no hay una verdadera critica, estimulante e independiente, es un poco repetidora de lugares comunes, a veces los de la vanguardia y repiten cosas que no me interesan demasiado. En cambio existe el lector, a pesar de todo. Yo encuentro al lector a cada rato. Escribo una crónica semanal y sale todas (se ríe), todas la semanas, porque es semanal y tengo muchos, muchos lectores. Y allí están los gérmenes de mis novelas.
Su tono elegante y un tanto aristocrático recuerda un poco a Bioy Casares, sus posiciones políticas también. Mientras reflexiona sobre el humanismo de Montaigne, explica su apoyo a Piñera, dice que su país estuvo en guerra civil por más de 20 años, y aunque considera que el ambiente literario está mediocre, confía en el público lector.
−La muerte de Montaigne fluye entre varios géneros: historia, ensayo, ficción.
−Es reflexión y ficción, Montaigne fue el primero que usó la palabra ensayo, por lo menos en Francia, posiblemente otro la usó en Inglaterra al mismo tiempo. Es un ensayo mezclado con cuento, con historia. Yo creo que hoy en día sería visto como novela, porque es muy libre y admite la digresión. Entrar a un tema, salir de él e incluso olvidarse del tema principal y terminar en otra parte. A mí me gusta ese tipo de escritura que exige un ritmo más bien que una estructura narrativa cerrada.
−La estructura de su novela se asemeja a un espiral.
−Sí, exacto. La palabra espiral a mí me gusta mucho, y la he usado muchas veces para mi escritura. Es algo que ya está anunciado desde mi primer libro, que es de mis 20 años, y se desarrolla como un espiral porque va abarcando espacios más y más amplios… hasta que ahora, claro, me metí con un tema del siglo XVI francés.
−¿Y por qué un señor chileno en el siglo XXI se ocupa de eso?, ¿tiene que ver con la construcción de su subjetividad como escritor?
−Por supuesto que sí, es un proceso de absorción a través de la lectura de una mirada fascinante y muy moderna sobre el mundo. Montaigne en el prólogo a la primera edición de sus ensayos completos, que es de 1580 y se edita en Burdeos, dice que él mismo es el tema de sus ensayos. Y que el lector puede leerlo si le gustan, si le divierten y si no, que los tire, los deje a un lado, y no pasa nada. Y además repite varias veces: “Recuerden ustedes que yo escribo ensayos, no escribo resultados”. Es una forma de libertad narrativa muy interesante, que a mi manera de escribir le va muy bien.
−La digresión presenta una imprevisión…
−¡Claro!, es que la digresión va ampliando el campo de visión. Vamos por este camino y, de repente, tomamos por el de al lado y ese camino termina, qué sé yo, en el mar, en otro paisaje. Yo encontré una afinidad con esa manera de escribir, en el fondo es un libro de un chileno de hoy que lee a Montaigne y que después mira el mundo con esa mirada lúcida y, al mismo tiempo, no fanática.
−La reflexión sobre lo ético y lo estético ocupa un lugar importante en su libro. El silencio cumple esa doble función.
−El estilo de Montaigne, y el mío también, es bastante rítmico, muy musical, y en la música el silencio es muy importante. Las digresiones, de las que a veces no se regresa, requieren de una escritura que por sí sola, más allá del argumento que use, sea atractiva, que tenga un ritmo. Como una música verbal, en realidad. Y eso a mí me gusta mucho de Montaigne, y eso que lo leo hace bastantes años. Tenía una característica que a mí me resulta muy atractiva, fíjese, él era un hombre que examinaba los temas con cuidado, pero si no llegaba a una conclusión clara en vez de adoptar una posición cualquiera declaraba: “Me abstengo.” Y esta frase la tiene escrita en las vigas de su estudio.
−¿Cómo relaciona el tema de los fanatismos con Chile?
−Yo tengo una visión de chileno, eso no lo puedo evitar pues, y eso que no he vivido toda mi vida en Chile, he pasado mucho tiempo fuera. En Chile hubo una situación de fanatismos, de polarización extrema en los años de fines de los ’60 y ’70. El odio se respiraba en el aire, se cortaba con tijera, como decimos allá. Yo estuve con Neruda una vez, cuando ya estaba elegido Salvador Allende, y él me dijo: “Lo veo todo negro”, y por qué, “por el odio”. Y entonces lo comparó con lo que pasaba en España antes de la Guerra Civil. Con la del año ’35, cuando estuvo allá. Y me dijo: “Lo peor es una guerra civil.” La mirada de un Montaigne es como un antídoto frente a esa enfermedad, porque el odio es una enfermedad.
−Tras tantos años de democracia las pasiones han menguado.
−Fue importante que hubiera una alternancia política y que gobierne ahora la centroderecha. Eso demostró que este sector sigue una línea razonable. Porque se pensaba que iba a volver Pinochet, que iban a destruirse las adquisiciones sociales, y no ha pasado nada de eso. Eso es bueno, porque se terminó la guerra civil no declarada que teníamos en Chile. Nosotros tuvimos una guerra civil no declarada durante 20 años, duró más que la otra, y a veces, es peor, porque es más difícil la reconciliación.
−El concepto de guerra civil plantea dos bandos con similar poder de fuego y en Chile no pasó eso.
−Es verdad, lo que pasó en la guerra civil chilena fue que Pinochet tenía todo el poder, y los que desistieron para no participar de esa guerra, la pasaron muy mal o los mataron. A diferencia de España, en Chile el ejército es una organización muy unida así que no hubo nada que hacer. Una vez, en vísperas del golpe de Estado, Carlos Altamirano, que era el líder de la izquierda socialista, que era bastante extremista, pero muy inteligente, me dijo: “Pero qué guerra puede haber aquí, ¿una guerra de escupos contra tanques?” Y tenía razón, eso hubo.
−¿Y por qué votó a Piñera?
−Creo que la Concertación estaba muy deteriorada, entonces digo públicamente que voy a votar por Piñera, que voy a cambiar mi voto, ya que siempre voté por la centro izquierda o la izquierda. Entonces me llamó por el teléfono móvil –él era candidato todavía–. Es un tipo muy enérgico, muy activo, y me invitó a cenar a su casa con Vargas Llosa que estaba en Chile. En fin… ganó las elecciones y me llamó a Madrid, yo no pensaba aceptar nada, porque no quiero hacer nada que no sea leer, escribir, caminar y cosas así. Andar libre por el mundo, pero me ofreció París (suspira), y yo tengo una vieja relación sentimental con París, y ahí me embromé, porque acepté. Estoy cerrando una especie de ciclo de vida y me identifico con Montaigne cuando decía: “Soy güelfo para los gibelinos y gibelino para los güelfos”, en una época yo decía “Soy de derecha para los de izquierda y de izquierda para los de derecha”.
−Su lenguaje tiene marca de origen.
−Cuando comencé a publicar tuve una fama local, vendí una edición autofinanciada y colocada a consignación de 500 ejemplares en tres meses. Una vez un escritor viejo que iba siempre a los bares de Santiago me dijo, “sabes tú cuál es mi epitafio, ‘quiso ser escritor, llegó a ser escritor chileno’” (risas). Yo uso muchos chilenismos, me gusta el habla de la calle, encuentro que hay un ritmo que me interesa. Y en Montaigne también,
−Su prosa es conversada, como decía Borges.
−Sí, a mí me gusta mucho eso. Entre los prosistas de América Latina, hay dos muy buenos, Borges y Alfonso Reyes, el viejo mexicano. Fueron muy amigos y Borges aprendió mucho de él. Escribir como quien habla, dialogar con el lector. Cuando yo escribo me imagino un lector.
−¿Es el mismo el de Persona non grata y La muerte de Montaigne?
−Sí, yo creo que se parecen mucho. Persona non grata es una reflexión sobre la represión y la censura. Montaigne es el reverso, primero por la gran libertad de opinar, tanto que no se atreve a pronunciarse cuando no está totalmente seguro y ahí dice “me abstengo”. Segundo: siente que es güelfo para los gibelinos y viceversa, porque no se puede acomodar a un corsé ideológico; y tercero dice: “A veces, cuando discuto con una persona, sus argumentos me empiezan a convencer”.
−¿Cómo es la relación de los chilenos hoy con la literatura?
−Los escritores chilenos salen como las callampas. Una callampa es un hongo (risas). Después de la lluvia uno va al bosque y han salido por todos lados. Así pasa con los escritores, algunos sólo llegan a un blog y hay otros que editan y otros que ya editan en España y se sacan premios. Hay de todo. Considero que el ambiente literario público está mediocre. Y no hay una verdadera critica, estimulante e independiente, es un poco repetidora de lugares comunes, a veces los de la vanguardia y repiten cosas que no me interesan demasiado. En cambio existe el lector, a pesar de todo. Yo encuentro al lector a cada rato. Escribo una crónica semanal y sale todas (se ríe), todas la semanas, porque es semanal y tengo muchos, muchos lectores. Y allí están los gérmenes de mis novelas.
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