9 abr. 2017

Cándido López, entre la pintura y la guerra

El Museo Histórico Nacional desempolva veintitrés obras de Cándido López sobre la Guerra del Paraguay. "El manco de Curupayti" es uno de los pintores más personales del arte argentino del siglo XIX.

Campamento argentino en el Empedrado, 11 de diciembre de 1865.


Durante la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay (1864-1870), entre batalla y batalla, Cándido López –voluntario y teniente del ejército argentino– dibujaba, trazaba bocetos, documentaba a través de imágenes los hechos de los que era partícipe. Si bien la muerte era, por supuesto, una eventualidad, en la Batalla de Curupaytí –septiembre de 1866– el destino inexorable del hombre sudamericano, como diría Borges, lo enfrentó con una granada que le voló el brazo derecho, el brazo útil, que tuvieron que amputarle.

"La Guerra del Paraguay concluye por la simple razón –horror referens– de que hemos muerto a todos los paraguayos de diez años para arriba". (Sarmiento)


Abra del otro lado de Santa Lucía. Noviembre 25 de 1865.
Reeducar el brazo izquierdo para volver a la pintura le llevó varios años. Entonces encaró una serie de cuadros sobre la Guerra del Paraguay, organizada por Gran Bretaña, aquella de la que Sarmiento, bajo cuya presidencia terminó, dijo: "Concluye por la simple razón –horror referens– de que hemos muerto a todos los paraguayos de diez años para arriba". La retórica del “padre del aula”, concisa y sangrienta,  daba cuenta de los número aterradores de esa guerra, cruenta como no se había visto en Latinoamérica hasta entonces: de 1,3 millones de paraguayos sólo sobrevivieron unos 200 mil, apenas 28.000 eran hombres.

Pasaje del Riachuelo, 23 de diciembre de 1865.
Cándido López –uno de los pintores más personales del arte argentino del siglo XIX– no se centra en lo abyecto del conflicto, su pincel proyecta lo grandioso en la geografía, y lo pequeño en el mundo humano a través de microestampas de escenas de guerra, ya sea batallas, campamentos, cruces de ríos. La mirada de la mosca y del águila.


Desde lo formal el artista encuentra que las pinturas apaisadas, tipo cinemascope, le permiten una narración amplia de los eventos de la guerra al mismo tiempo que la descripción minuciosa de escenas humanas (desde los uniformes de cada facción hasta las armas utilizadas, pasando por los trabajos realizados en los campamentos) que construyen desde dentro la acción.

Miguel Ruffo, investigador del museo, destaca que la visión panorámica proviene de un punto de vista aéreo que le da mayor profundidad a la perspectiva, y señala ciertas constantes: "Por un lado, el cielo es al menos la mitad superior de la representación, por otro, en el plano de la tierra suelen aparecer dos elementos, el agua –un río o un arroyo– y la vegetación. El cielo, el agua y el bosque son componentes que se continúan a través de su trabajo". Y como una obra no se agota en la intencionalidad de su autor, interpreta que "los cielos, generalmente con nubes que ocultan la luz, muestran la congoja del mundo celestial por lo que está ocurriendo en el mundo de los hombres: la guerra".
 "Cándido se diferencia de todos los otros pintores de la época, que fueron a estudiar a Europa, especialmente a Florencia, con el pintor Antonio Ciseri. Este hecho preservó en él una forma de representación regional, que abreva en la cartografía militar de la época y en la influencia de algunas obras de Juan José Blanes".
Detalle

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De las noventa obras previstas completó unas cincuenta. De ellas, veintitrés, que forman parte del patrimonio del Museo Histórico Nacional, son expuestas en una muestra temporaria curada por Viviana Mallol. Ruffo, el investigador que entrevisté, explica que "Cándido se diferencia de todos los otros pintores de la época, que fueron a estudiar a Europa, especialmente a Florencia, con el pintor Antonio Ciseri. Este hecho preservó en él una forma de representación regional, que abreva en la cartografía militar de la época y en la influencia de algunas obras de Juan José Blanes ("el pintor de Urquiza"), y alcanza su clímax con estas obras sobre la Guerra del Paraguay”.
 
El reconocimiento de Cándido López comienza con José León Pagano en El arte de los argentinos (1938) que realiza una revaloración en términos estéticos y no sólo como un cronista histórico. Él mismo consideraba su obra de esa manera, cada lienzo lleva la fecha exacta del hecho que referencia, incluso llega a escribirle a Bartolomé Mitre para que dé fe de la veracidad de sus pinturas.




En la muestra.





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27 mar. 2017

Arlt y Walsh en el país del sauce


 Roberto Arlt y Rodolfo Walsh viajaron con poco más de treinta años de diferencia al nordeste argentino.Relataron esta zona, cada uno en su tiempo (con poco más de treinta años de diferencia), cada uno a su modo, cada uno persiguiendo aquello que más le interesaba.



 El tiempo separa irremediablemente las vidas de Roberto Arlt y de Rodolfo Walsh. Ambos fueron escritores que fijaron en tinta sobre papel una manera de relatar el mundo. Además de vitalizar la narrativa argentina en obras como Los siete locos y Cuentos para tahures transitaron los arduos pasajes del periodismo. Arlt, a través de sus aguafuertes; Walsh directamente tuvo que inventar un género: la no ficción, Operación Masacre es su obra de referencia.



Ambos escritores, en algunos de sus textos menos conocidos se aventuraron en una región común: el Nordeste argentino. Relataron esta zona, cada uno en su tiempo (con poco más de treinta años de diferencia), cada uno a su modo, cada uno persiguiendo aquello que más le interesaba. Los dos fueron enviados por los medios de prensa en los que trabajaban, el diario El Mundo para el primero, las revistas Panorama Adán para el segundo.


El reconocimiento de Walsh está anudado a los fusilamientos en un descampado en José León Suárez. El de Arlt, en buena medida, a sus “cuadros urbanos” sobre Buenos Aires. El país del río es un libro que muestra a estos escritores fuera de su circuito más habitual, que cruza sus miradas en un solo volumen. Para deleite de los lectores conjuga momentos más encumbrado y menos conocidos de dos de los prosistas más destacados de la Argentina. El “hiperrealismo” de las aguafuertes fluviales de Arlt, que navegó el Paraná en 1933; y las crónicas de Walsh, “modelo de periodismo etnográfico y social”, que viajó junto al fotógrafo Pablo Alonso a Corrientes, Chaco y Misiones entre 1966 y 1967. 

Arlt y Walsh en el Nordeste 

Arlt en estas crónicas no convierte en personajes ni a los lugareños ni a sus compañeros de travesía por el río mientras que Walsh arma sus crónicas precisamente sobre las historias de los personajes con los que se va cruzando.
Cristina Iglesia estuvo a cargo de esta ejemplar edición de la Universidad Nacional de Entre Ríos y la Del Litoral, que incluye al final un cuerpo de notas producto de una minuciosa investigación realizada por Montserrat Borgatello con datos que iluminan la lectura. En el estudio introductorio, Iglesia manifiesta: “Walsh demuestra que la crónica no es la descripción más o menos ágil o ingeniosa de lo que se ve, sino la persecución de una historia que a veces puede estar encerrada en un objeto de culto como las tallas de San la Muerte, o en un tren en miniatura que recorre con lentitud exasperante unos doscientos kilómetros hacia el interior de la provincia de Corrientes.”

La reunión de estos textos proyecta una mirada renovada sobre una zona históricamente ligada a otros autores, como Horacio Quiroga, Haroldo Conti, Juan L. Ortiz y permite un sugerente diálogo literario. “Apasionados u ofuscados, interesados o condescendientes, inmersos en el paisaje fluvial, Arlt y Walsh se vuelven, en estas crónicas, pasajeros intuitivos del río, escritores metonímicos del agua. Historia y memoria, imagen y palabras: la zona vuelve a ser nuestra a través suyo.”

“Walsh demuestra que la crónica no es la descripción más o menos ágil o ingeniosa de lo que se ve, sino la persecución de una historia”.

Cristina Iglesia nos cuenta cómo surgió la idea de este cruce: “Me interesó mucho ver cómo narraban ese trópico nacional, esas incursiones en el mundo acuático del nordeste estos escritores tan urbanos y, a la vez, dueños de estilos tan diferentes. Y también me interesó ver de qué modo sus escrituras se esforzaban por apropiarse o por ignorar ese paisaje, cómo escuchaban el guaraní mezclado con el castellano, si se dejaban llevar por la extrañeza como le sucede a Walsh o se refugiaban en la soledad del camarote para protegerse del afuera como hace a veces Arlt.”

–El Litoral parece representar un enigma, una realidad muy distinta a la urbana, más asociada a ambos escritores. ¿Hay un quiebre en sus trayectorias narrativas en este pasaje a una zona menos urbana-industrial?
–Se trata de una zona atravesada por el agua –grandes ríos, pequeños riachos, esteros, bañados, islas– caracterizada por un calor por momentos agobiante y sumida en poderosos contrastes entre una pobreza silenciosa y tenaz y una riqueza por momentos obscena, para ambos escritores es un mundo “otro”. Sus viajes son, en este sentido, viajes hacia lo desconocido de su propio país.

–¿Condiciona los escritos el hecho de que ambos hayan sido envidados por medios de prensa?
–Las de Arlt son notas breves, escritas en su máquina en la cubierta del barco y enviadas por correo al periódico mientras que las de Walsh son notas más extensas (con un tiempo de investigación) para revistas como Panorama Adán y eso marca una diferencia. Pero de todas maneras es notable como Arlt en estas crónicas no convierte en personajes ni a los lugareños ni a sus compañeros de travesía por el río como sí lo hará en sus crónicas de España donde toreros, obreros, bailarinas ocuparán el centro de la escena mientras que Walsh arma sus crónicas precisamente sobre las historias de los personajes con los que se va cruzando. Y es este rasgo de la construcción del relato en Walsh lo que permite trazar una línea que va de Operación Masacre a estas crónicas: los personajes, sus vidas, sus miedos, sus miserias son siempre centrales. 

–¿Arlt ha sido una referencia en estos escritos de Walsh? 
–Me he preguntado, y me han preguntado los primeros lectores de El país del río, si Walsh conocía las crónicas fluviales de Arlt. Existe la posibilidad –un tanto remota– de que enterado de este viaje arltiano a esas tierras del nordeste, Walsh hubiera realizado una investigación previa en el archivo del periódico. Pero no hay ninguna mención o algún indicio que nos permita suponer ese conocimiento así que la pregunta permanece sin respuesta.

–Una pregunta abierta: ¿qué significa el río para ambos escritores?
–No sé qué significó ese enorme río para ambos escritores pero lo que sí sé es que haberlo recorrido, cruzado una y otra vez en un buque de carga, en lancha, en vaporcito, en balsa, contemplarlo al comienzo del día o en las tardes nostálgicas desde su mismo medio o desde algún punto de la orilla, no pudo haberlos dejado indemnes.

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8 mar. 2017

Modarelli: "Extraño el esplendor de lo abyecto"

Cuando leí La noche del mundo, quise hacerle una entrevista a Alejandro Modarelli, el autor. Un sábado a la tarde, la definimos por whatsapp: "¿Qué vas a tomar?", me preguntó. "Nada, o un vaso de agua", le respondí. "¿No querés una cerveza?", "Estoy sin almorzar, mejor no". Cuando llegué a su casa me esperaba con una cerveza y un sandwich de jamón y queso en su espléndido balcón terraza. La charla fue de lo más interesante.

En este mundo híper –hipster– mediatizado y políticamente oportunista, Alejandro Modarelli escribe tan fuerte que fractura. Compone desde una ética, que es una estética que hace piruetas al borde del barranco sin despeinarse, desde el cuerpo y el deseo. Las estrellas del firmamento neobarroso guían y protegen los textos de La noche del mundo (Mansalva): Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher, Copi respiran gozosos en cada rincón del libro.

Tal vez hay que explicitarlo desde el principio, leer a Modarelli –desde sus libros hasta sus artículos, pasando por sus posteos en Facebook– es una experiencia vital, lúcida y también profundamente perturbadora. Su contoneo entre la tragedia y la comedia honra el exceso gay que no se adapta y revela a su paso cada hipócrita hendidura.

El barroco de Modarelli es un canal capaz de encauzar fuerzas de la naturaleza para lanzarlas contra los límites. Y cuál va a ser el límite, la última frontera, sino la muerte. Entonces, Modarelli se murió. Y, como Aurora Venturini –después de varios días en coma–, volvió para contar. Ahí está la primera crónica del libro como testimonio: un problema respiratorio en medio de un vuelo entre Bogotá y Buenos Aires lo postró en un coma por diez días. Y mientras “el cuerpo se fuga hacia adentro en silencio como un caracol”, el deseo sigue su marcha fervorosa en los sueños.


Desde el balcón terraza de su casa que da sobre el Bajo y se abre al ancho Río de la Plata, Modarelli me recibió para hablar sobre su último libro. De la reflexión militante a la estética, de la política a la filosofía, estos recorridos se reflejan en su libro, compuestos por textos que no sólo tratan del submundo de las locas del antiguo modelo homosexual, donde cuenta historias de cines porno, de la llamada aldea gay (un asentamiento que fue desmantelado por la Policía y terminó siendo incendiado en los noventa), sino también rescata historias de personajes memorables, como Pedro Lemebel o Rudolf Brazda, último sobreviviente de los homosexuales marcados con un triángulo rosa en los campos de concentración nazis.

"La posibilidad de una familia originada por dos hombres o por dos mujeres desestabiliza. Es lo que lleva a Bergoglio a decir que la ideología de género es igual a una bomba atómica. Él lo tiene que cacarear así porque en realidad se le cae como Hiroshima el orden natural inventado que pregona".


–En tus crónicas y relatos es muy fuerte la conexión con el pasado.
–El tema del origen es un disparador muy fuerte. Me interesa descubrir en el presente la huella del pasado que nos formó. Toda la lucha por los derechos LGTBI pasó por varias etapas históricas y parece hoy identificable en algo así como un modo de vida de clase media auspicioso, aceptado o cuanto menos tolerado. Pero la verdad es que las personas trans, gay y lesbianas pobres del Conurbano siguen siendo perseguidas o asesinadas. En el peaje a derechos fundamentales se pagó el precio de la asimilación, que nos exige el olvido de los marginados y de la propia conciencia de parias rebeldes. En un sentido negativo, asimilarse es perder la singularidad de una manera de ser en la sociedad. Se pierde, sobre todo, en el mercado de consumo dirigido a nuestro colectivo, que no estamos interpelando, y es una trampa del sistema neoliberal que necesita nichos de ciudadanos consumidores.

Modarelli reivindica la diferencia del antiguo homosexual como una cuña inasimilable por el sistema y afirma que hay un goce en sentirse diferente, en sentirse parte de un modelo de vida que desestabiliza las normas represivas de la sociedad. Pero, se pregunta “¿qué gestos desestabilizan en un momento como el actual? ¿Qué queda de revulsivo en la homosexualidad?, ¿qué propuesta representamos para no quedar presos del gran mercado neoliberal?”

“El matrimonio igualitario era necesario, al menos para tener –como en mi caso– el derecho a repudiarlo de inmediato, pero produjo –y aún produce– reacciones muy virulentas en contra, porque es una institución que se entronca con la concepción religiosa y autoritaria de familia. La posibilidad de una familia originada por dos hombres o por dos mujeres desestabiliza. Y es más interesante cuando se amplía a los derechos reproductivos, porque rompés con toda la trama fomentada y dogmatizada por la Iglesia Católica. Es lo que lleva a Bergoglio a decir que la ideología de género es igual a una bomba atómica. Él lo tiene que cacarear así porque en realidad se le cae como Hiroshima el orden natural inventado que pregona.”
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“El matrimonio igualitario era necesario, al menos para tener –como en mi caso– el derecho a repudiarlo de inmediato, pero produjo –y aún produce– reacciones muy virulentas en contra


–Tras esa conquista de derechos, vino una reacción conservadora muy fuerte en todo el mundo.
–Hay algo en el espíritu de época que trata de aniquilar aquello del progresismo que más le molestó a los conservadores religiosos: ellos lo llaman ideología de género. Nos apropiamos de un terreno del que eran amos y señores, porque poseían el dominio de los cuerpos. Ahora, hay que decir que no por eso somos en realidad mucho más libres, porque nadie lo es en un mundo donde todo se convierte en mercancía, incluidas las sexualidades diversas. Como dijo alguna vez Guattari: hay que aprender a emborracharse con agua.

–Lo políticamente correcto era una frontera un tanto débil tras la cual acechaba la jauría… 
–Esa línea se quebró. Ahí está Trump diciendo barbaridades y quitando cupo a estudiantes transexuales, por ejemplo. Se lo ve todo el tiempo, acá mismo, en las cosas que se escuchan en la calle. Hay un código social que se rompió, un montón de gente asustada que empieza a retraerse al vientre de la manada. Veo que el temor nos retrotrae a creencias prepolíticas y cualquiera se siente autorizado a expresar con gran liviandad toda clase de brutalidades. Esto no pasaba desde hace mucho.

–En tus relatos hay una celebración del cuerpo como espacio de una memoria feliz.
–Es la memoria de un cuerpo que gozó el zanjón. En Rosa Prepucio, mi libro anterior hay una loca envejecida que dice que al final va a recordar la cantidad de orgasmos vividos, no el recuerdo del padre ni de la madre. Es ese cuerpo totalmente infiltrado por el deseo, que ha optado por la intensidad y no por la duración.

–Tus relatos canalizan literariamente el debate de una época, ¿es una intención deliberada?

–Sí, es una época escatológica. En un mundo amenazado por su propio sistema económico, porque no da las respuestas que daba antes, surgen fantasmas que hacen que hasta los privilegiados se sientan inseguros; es como en la Edad Media, la fortaleza está asediada y hay que aferrarse a posiciones y posesiones. Esto se impone como relato principal y policial de la cultura urbana. Entonces, al escribir, suelo recurrir a la memoria de mi cuerpo, de cuando era chico y empezaba con mis primeros escarceos en medios de transportes. Escribo la memoria gozosa del cuerpo en la ciudad. Alejo los fantasmas pánicos, entre ellos el miedo al encuentro furtivo, el miedo al otro. Y esa escritura retoma debates entre el antiguo régimen homosexual y el nuevo modelo gay. Intervengo en favor de una homosexualidad revulsiva, como un elemento desestabilizador de la sociedad. Ahí hago una elección. No tengo nada que ver con ese modelo gay del wedding planner, el crucero gay o las locas que en el barrio de Chueca en Madrid hacen fila para cortarle el pelo a su caniche. No quiero ni puedo ser incorporado a ese mundo, que será fascinante para ellos, pero que mí me resulta soporífero. Extraño el esplendor de lo abyecto.

"Nos dicen: 'El Islam mata putos', pero silencian lo que pasa en otros países cristianos fundamentalistas de África, como Uganda, ni muestran que dentro del Islam hay una lucha por la hegemonía saudí, que es el extremismo religioso."

–Ese estilo gay revulsivo que reivindicás visibiliza los más profundos temores que se agitan en buena parte de la sociedad y que, en este vuelco conservador, de Macri a Trump sin olvidar los extremismos fóbicos europeos, se tornan una amenaza.
–Nosotros los homosexuales no clonados tenemos algo inasimilable en nuestra sexualidad. Y aunque parece que todo está tranquilo con los gays palermitanos, el homófobo aparece en cualquier momento. Y va a aparecer. Retomo lo de hace un momento, porque basta ver como surgen los fantasmas en este momento en que la casa está amenazada. De pronto aumentaron los crímenes de odio, se hace visible la violencia contra las mujeres. Hay algo que sigue jodiendo. De pronto acá cerraron todos los cines porno. Quieren cortar ese exceso inasimilable como la sexualidad no controlada, realmente diversa, en la oscuridad del cine rotoso, que no pueden sentarse a negociar con el poder municipal como las grandes discotecas.

–¿Es posible una alianza entre los diferentes mundos marginados?
–Es una discusión que se da hacia adentro de los colectivos LGTBI, que tiene que ver con la opción por encerrarnos en nuestras demandas exclusivas o inclinarnos a una coalición con otros sectores vulnerados. Es decir, si vamos a intentar recuperar el diálogo con los excluidos del orden social y económico mundial. Un poco lo que dice Judith Butler: no caer en la trampa del imperio, que nos convoca a librar una batalla en nombre de las supuestas libertades de Occidente, y en la que no somos para ellos más que un instrumento de satanización. Nos dicen: “El Islam mata putos”, pero silencian lo que pasa en otros países cristianos fundamentalistas de África, como Uganda, ni muestran que dentro del Islam hay una lucha por la hegemonía saudí, que es el extremismo religioso. Hasta hace pocos años en Holanda cuando un musulmán pedía la residencia se les mostraba fotos de gays besándose para ver cómo reaccionaban, ¡pero si se las mostraban a un evangelista retrógrado iba a reaccionar de un modo similar! Esa no es nuestra lucha, sino la del imperio.

–En tus relatos la memoria funciona como un cerco irreductible.
–Me parece fundamental como hecho político disruptivo dentro de esta suerte de confort actual, que actúa como si no hubiese historia. Como si no hubiéramos llegado a este punto sobre tantos muertos, entre estos los que murieron de Sida. No podemos dejar a nuestros muertos sin presencia, no ser hospitalarios con ellos. Es necesario para pensar nuestro presente. Qué precio vamos a pagar por pertenecer al orden social. Hay un pasado que interpela a la sociedad. Si pensamos que no queda nada más por interpelar, que no hay coaliciones que se puedan producir en recuerdo de nuestro sufrimiento pasado. Si ese sufrimiento no sirve para sentir empatía por estos grupos de desplazados, sirve para poco. No podemos olvidar nuestro origen para cortarle el pelo al caniche. No tener conciencia de que hay un origen común de todas las injusticias y un deseo de todas las libertades, como dice la consigna de la CHA: “En el origen de nuestra lucha, está el deseo de todas las libertades”. Nosotros también luchamos para que se incorporen otros grupos que ahora son marginados, si no quedamos arando sobre la misma rueda. Ojalá que mis libros jamás sean leídos como literatura gay igualizante, porque la diferencia que interpela, nuestra singularidad loca, es aquello que nos permite salir del narsicismo del clon y del cautiverio de la góndola para poder emborracharnos con agua.
al encuentro furtivo, el miedo al otro. Y esa escritura retoma debates entre el antiguo régimen homosexual y el nuevo modelo gay. Intervengo en favor de una homosexualidad revulsiva, como un elemento desestabilizador de la sociedad. Ahí hago una elección. No tengo nada que ver con ese modelo gay del wedding planner, el crucero gay o las locas que en el barrio de Chueca en Madrid hacen fila para cortarle el pelo a su caniche. No quiero ni puedo ser incorporado a ese mundo, que será fascinante para ellos, pero que mí me resulta soporífero. Extraño el esplendor de lo abyecto.

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