9 abr. 2018

Rastros: danza que deja huellas en el aire


Danza contemporánea aérea. Dirige Ana Armas. Tercera temporada de Rastros los viernes 20:30 en el Centro Cultural Roas a las 20:30 hs.

Foto de Melisa Scarcella

Larga, alta, angosta, con paredes de ladrillos, la sala Cancha, en el Centro Cultural Rojas, parece construida especialmente para Rastros, obra de danza contemporánea y aérea. Desde la coreografía hasta la iluminación utilizan estas características a su favor y, sumado a la original apuesta musical, logran que los espectadores apenas entran se sientan inmersos en una atmósfera onírica, en la que la materia incorpórea e inasible de los sueños parece encarnar en los cuerpos y movimientos de los bailarines.


A medida que avanza la obra, las coreografías de los seis bailarines componen cuadros, tanto en el suelo como en el aire, colgados mediante sogas y arneses, que sugieren figuras tal vez ya advertidas por el público durante el sueño. Ana Armas, la directora, posee una amplia trayectoria que incluye varios años en la compañía de danza aérea de Brenda Angiel. En esta puesta, junto con el grupo Abismo Danza, consigue construir una magia hipnótica y surrealista a través de la combinación entre la danza aérea y de piso. El cruce de estos dos lenguajes proviene de su inquietud por "encontrar una fluidez en el pasaje, que no es fácil desde lo técnico, para ver cómo conviven, cómo contrastan, cómo se enriquecen mutuamente", explica.

Foto de Cristian Zapata
Probablemente uno de los aciertos al ver a las bailarinas y a los bailarines "volar" sea la naturalidad con la que circulan por el espacio e interactúan entre la tierra y el aire. El complejo entramado de movimientos fluye a veces enérgico, a veces más lento, pero nunca forzado, sin buscar la espectacularidad sino que como la llama y el fuego, los cuerpos se encuentran con sutil elegancia.
Fuera de toda idea de cotidianeidad, Rastros indaga en el siempre inasible terreno de la memoria, que da sustento al planteo escénico: "Lo aéreo nos ofrece muchas posibilidades para trabajar lo onírico. Y la iluminación de Agnese Lozupone capta ese mundo, por eso el humo, los colores de las luces y los contraluces que proyectan la sombra de los bailarines. El tema de los recuerdos te lleva al de los sueños, es decir, a la apertura del inconsciente”, dice Armas, que además es psicoanalista e investigó en ambas áreas al momento de producir esta obra.


Entre los disparadores de Rastros –que va por su tercera temporada–, por un lado, había ciertos movimientos que a Ana Armas le interesaba investigar y, por otro, ciertas inquietudes sobre "qué queda del movimiento en el cuerpo, qué queda de lo que se baila después de que uno baila, qué se retiene en la memoria o en las sensaciones del espectador, y desde el punto de vista de los intérpretes, qué pasa con su experiencia en el cuerpo". 

"En la obra hay un trabajo con la repetición, con los tiempos, con la suspensión del movimiento, todos mecanismos del inconsciente que aparecen en los sueños. Investigamos mucho e incluso trabajamos con recuerdos personales de los intérpretes, pero llevados a la abstracción, al movimiento”, especifica al referirse a la investigación previa.

Foto de Melisa Scarcella
“Exploramos mucho a partir de improvisación de los intérpretes –cuenta la directora–, por ejemplo, en un momento, pensando en los rastros que deja el movimiento probamos con pintura, para ver la huella, esa fue una hipótesis que no prosperó. Es que investigar es probar ideas y elegir. Construir una obra es crear un lenguaje".

Esa gramática de la danza lejos de ser oscura se abre a las lecturas y sensaciones del público. No hay una narración lineal, incluso la directora llega a proponer una analogía con ciertas obras de arte plástico más abstracto en la que los espectadores no se encuentran tan preocupados por saber si están entendiendo, sino que ocupan un rol más activo. El sentido se construye en cada nueva función.




30 mar. 2018

Iyami, mi madre

Iyami, mi madre es una obra de teatro y danza que toma como punto de partida a las divinidades de la cultura yoruba. A partir de esas imágenes narran experiencias que iluminan temas referidos a la opresión histórica de las mujeres. En Espacio Cultural Urbano.


Como en pocos países latinoamericanos, la presencia afro se invisibilizó en la vida cultural y étnica de la Argentina. La idea de un país creado ex nihilo, por pura tradición europea, hace que sus expresiones se vean como algo ajeno y exótico. La representación de que en nuestro país no hubo ni hay negros se impuso con fuerza de verdad a partir de los relatos oficiales.

Iyami, mi madre es una obra de teatro y danza que parte de la tradición de África occidental, de los puertos de la costa del Atlántico, de donde trajeron a la mayoría de los esclavos a América Latina. A partir de la cosmovisión de estos pueblos, en especial el yoruba, en la que habitan divinidades que toman forma de mujeres temibles, se trama una composición dramática que permite narrar experiencias que iluminan temas referidos a la opresión histórica de las mujeres.

Marcela Gayoso, directora de la obra, explica que “las figuras de las Iyami representan el lado ‘oscuro’ de las diosas: son las brujas. Como todas las leyendas tratan de dar un sentido a los misterios de la creación. El centro lo ocupan las mujeres como generadoras de vida, y todo lo que traen como misterio para ese grupo, en ese momento, pasó a ser tabú: la sangre menstrual, el proceso de gestación. La dominación masculina plantó bandera en estas mujeres que se transformaron en brujas, monstruos que traían la desgracia.”

El antecedente de Iyami, mi madre se remonta a un cuadro, una serie de coreografías, que realizó hace diez años y que contaban un pedacito de la historia de las Iyami: “En ese entonces, me llamó la atención cómo lo desconocido se transformaba en algo siniestro, cómo frente al tabú se crean monstruos”. A partir de esa reflexión, Gayoso cuenta que con el Grupo Iyami Eleye, llegaron a que “esta idea de mujeres brujas y peligrosas servía para tratar asuntos muy vigentes, como el género, la violencia, la menstruación, el aborto. Hoy mismo, las mujeres que se plantan contra el rol que les es establecido son caracterizadas como monstruos.”

A diferencia de ese primer momento en que el tema era la leyenda, ahora es sólo el punto de partida: “Encaré con más claridad y conciencia la pieza, que se estructura a través de ejes temáticos, y el relato por supuesto no es lineal. La danza afro –explica Gayoso– no es predominante, sino que esa vertiente se expresa más sobre el arte que sobre la danza misma, el vestuario, la música, los colores; en la puesta, todo tiene un simbolismo. Los otros leguajes son el teatro físico, contemporáneo, la expresión corporal.”

Si la danza siempre implica poner el cuerpo en juego, en este caso particular la apuesta se duplica, porque las historias muestran a las mujeres como el territorio que está problematizado. “En el escenario, el cuerpo está resguardado, no se exhibe como una mercancía, está bailando; en estado puro, podríamos decir. Son siete mujeres en un acto de suprema valentía. Todos cuerpos distintos, hay una diversidad contundente, van de los veintipico a los cincuenta y tantos, y todas con la misma exigencia, el mismo compromiso y la misma exposición.”

Lorena Tapia Garzón, una de las intérpretes, cuenta lo que cada miembro del Grupo Iyami Eleye puso de sí: “Este trabajo nos permitió hablar de cosas que nos pasaron y que manteníamos calladas, situaciones de violencia, abuso, abortos, varios temas que nos afectaban y que pusimos en palabras para luego pasarlas por el cuerpo y expresarlas desde el movimiento. Esa es un poco la cocina más íntima, pero lo que nos pasa a nosotras es lo que les pasa a las mujeres en general. Ponemos luz en eso que nos pasa a todas y que hoy empieza a visibilizarse.”

El diálogo con el público, explica la directora, suele ser misterioso. “Al menos en mi caso, yo quiero decir una serie de cosas, pero como en toda comunicación el mensaje no llega de manera literal. Y está bueno que sea así. Es abrir una puerta, tocar fibras y que cada espectador cree su propia historia. Estamos acostumbrados a que nos den todo muy servido. Yo siempre trabajé así, y lo cierto es que siempre algo llega, un impacto, una huella.”

La obra empieza en ese momento de la noche en que las brujas vienen a iluminar este proceso histórico al que fue sometida la mujer. “Todos los cuadros tienen que ver con dar luz a los aspectos oscuros de estas deidades, por ejemplo, Oxun Yemanjá es la encargada de la fertilidad y la parte
oscura sería aquella que no sigue el mandato de la maternidad. En realidad, no es oscuro, se rebela. Otra divinidad es Nana, la abuela, que abandona a sus hijos y cría a los nietos, es la sabiduría aplicada a lo maquiavélico. Ewa, por su parte, se transforma en serpiente y es la dueña de imaginación y la locura de la desesperación. Otro cuadro presenta a una orixá, es decir, una divinidad, que por amor se corta una parte del cuerpo. Entonces con esta figura tratamos la violencia de género”, puntualiza la directora.

Los temas están planteados, dice Gayoso, “no damos respuestas, no damos soluciones, no es la función de una obra de danza. El cuerpo habla de lo que necesita hablar. Después, si quieren, dialoguemos”.



Ficha:
Intérpretes: Ana Chibán / Silvana D’Aversa / Lucía Gerszenzon / Nadia González Villarroel / Cecilia Ramírez / Patricia Sande / Lorena Tapia Garzón
Diseño y realización escénica: Rosalba Zoccali / María Ayelén Bustos Suárez
Diseño y realización de iluminación: Sebastián Serrán / Juan Manuel Pozzo
Diseño de vestuario: Rosalba Zoccali / María Ayelén Bustos Suárez
Realización de vestuario: Prima Danza
Fotografía: Sebastián Miquel
Prensa y difusión: Lorena Tapia Garzón / Paula Picarel / Guillermina Van der Kooy / Nadia González Villarroel
Asistente de dirección: Verónica Ríos
Dirección general: Marcela Gayoso
Producción General: Grupo Iyami Eleye


5 feb. 2018

Crónicas de posguerra, de Daniel Otero

Estas cuatro crónicas, que tienen años de investigación detrás, atienden el espesor de la historia dialogando con los oscuros y pequeños hacedores del gran mal. Desde el alemán que repartió el botín de guerra nazi entre los criminales ocultos en Argentina hasta el policía que "boleteó" treinta personas y que fue felicitado por Camps. Todo sin olvidarse de una prosa sensible y rica y contundente.
 
Cuando se abre Crónicas de Posguerra, las historias agarran al lector y lo llevan de las pestañas página tras página, revelando los oscuros mundos personales y familiares de los ordenanzas anónimos de los regímenes fascistas. La vida que llevan o llevaron “los que hicieron el trabajo sucio” al finalizar las órdenes de sus comandantes, el revés de la trama de gente de barrio que por hache o por be aceptaron convertirse en monstruos para luego seguir siendo, tal vez, el vecino de al lado. 


Daniel Otero advierte en el prólogo que “narra hechos terribles”. Avisa, para que no queden dudas, que “los protagonistas son los malos”. Y también dice que en las páginas de su último libro “no hay una sola línea de ficción. Cada historia está respaldada por un documento, un testimonio, una fotografía o la presencia directa ante los hechos”.

¿Pero qué historias cuenta Otero? Tras las puertas del infierno que se le abrieron un poco al azar se asomaron personas que fueron develando sus secretos con el correr de los años. Vidas lanzadas como esquirlas que continúan su viaje tras la finalización de los conflictos que les dieron origen, que muestran como su alcance persiste a lo largo del tiempo hasta llegar a la actualidad. Como la del alemán Herbert Bittner, que ingresó a Argentina en 1967 y murió 40 años más tarde, y entretanto era el encargado de entregar –entre 1974 y 1982– el botín nazi a los criminales de guerra ocultos (y no tanto) en Argentina. 

La pluma de Otero pinta a sus protagonistas de cuerpo entero, a ellos, sus almas, sus cómplices. Sabe cuando darles la palabra y con precisión de cirujano una le alcanza para poner en perspectiva lo que se está leyendo. No sólo tiene confianza en los datos, también en el lenguaje, y a través de él emergen sus propias convicciones. Es el caso de la crónica “El gatillero”, que narra sus encuentros con Carlos Sthoge, primer sospechoso de haber matado a José Luis Cabezas, quien admite 30 asesinatos para demostrar que es inocente de ese que le quieren cargar: “—A mí me mandaron al frente y eso me indigna, me pone del bocho, me dan ganas de mandarme una cagada. De agarrarlo del cogote a ese Caballo, ahora que está en la lona, y ponerle el .357 adentro de la boca y decirle: ‘Decime las cosas como son porque te vas a tener que ir a buscar la cabeza al Río de la Plata’. —¿Por qué a usted? —No sé, yo soy conocido por trabajador. Era un elefante en un bazar. Movía los brazos con torpeza y el oro se agitaba en el cuerpo: reloj, cadena, anillo, pulsera. —Toda mi vida laburé volteando chorros. ¿Querés que te diga una cosa? —Seguro. —A mí me felicitó el general Ramón Camps, ¿entendés? Dijo Camps como quien dice Dios”. 

La escritura de Otero no hace concesiones ni da golpes bajos. Investigador avezado, con varios libros y documentales en su haber, ilumina la profundidad del colaboracionismo dentro del tejido social y familiar. Pero también muestra como los allegados de los criminales podían ser víctimas, como la hija de quien cargó los treinta cuerpos dinamitados en La masacre de Fátima en 1976, y que encapuchaba y listaba a los detenidos. Hoy es un vecino respetado de Lanús, donde preside una asociación de fomento. Tefy, como se hace llamar su hija, fue sometida a una vida de centro clandestino de detención hasta que comenzó a desarmar su historia, revelarse y comenzar una nueva vida, siempre cargada de esas cicatrices. El 24 de marzo de 2016, por primera, vez marchó a Plaza de Mayo.

Historias de Posguerra, editada por Octubre, abre las puertas laterales del infierno, donde no aparece la aterradora presencia del diablo, de su majestad satánica en todo su terrible esplendor, sino la de aquellos que, obedientes, nunca cuestionaron una orden y permitieron que la maquinaria del terrorismo de Estado funcionara sin chirriar.



Publicado en la sección Cultura de Tiempo Argentino
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28 ene. 2018

Ensayos en los que la inteligencia desnuda al amor



Robert Stevenson y D. H. Lawrence, dos de las plumas más delicadas de Gran Bretaña, escriben sobre el amor, el sexo, el matrimonio en ensayos, cartas y notas. Para deleitarse leyendo. 
 



Apenas cinco años antes de publicar El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, una de las historias más emblemáticas del siglo XIX, Robert Louis Stevenson escribió "Virginibus Puerisque" (1881), un breve ensayo sobre el amor y el matrimonio. "Uno se pregunta si siempre habrá sido así; si el deseo siempre habrá sido tan soso y flojo y la posesión tan fría", se cuestiona, y observa en un tono juguetón que no abandona que "si solo se casaran los enamorados, la mayoría se moriría soltera".

Las reflexiones de Stevenson transitan por la soledad, el sentido de trascendencia, dialogan con grandes autores y con las conversaciones más cotidianas y triviales escuchadas al pasar. No es un partisano de la pasión, busca los matices de los vínculos amorosos, incluso indaga el lado positivo de los matrimonios que son más "una suerte de amistad reconocida por la policía" que producto de una pasión abrasadora. Más cercano al doctor Jekyll que a su proyección monstruosa y pasional, el señor Hyde, no deja de notar la tibieza y condescendencia en el oficio de Cupido: "Si el amor en verdad es eso, entonces está claro que los poetas han estado engañando a la humanidad desde que el mundo es mundo".

El pequeño formato de los libros de la colección Tesoros de editorial Interzona puede desorientar a los ambiciosos de grandes volúmenes. Unas ediciones cuidadas hasta el mínimo detalle, con unos diseños de tapa preciosos, ofrecen varios ensayos sobre el amor del autor inglés bajo el título Enamorarse.

Otra de las posibilidades de esta colección –en ambos casos con traducción y prólogo de Matías Battistón– es Hacer el amor con música, de D.H. Lawrence. Una serie de artículos de un escritor considerado un pornógrafo en su tiempo tanto por sus opiniones como por el espacio que le dedicaba al sexo en sus obras. En el primer artículo, que da título al libro, el autor de El amante de Lady Chatterley sostiene la hipótesis de que las ideas y sueños privados, secretos, de una generación serán parte del instinto de las siguientes: "¡Ay de eso que nuestras abuelas meditaban en secreto, y querían en privado! Eso somos. ¿Qué querían y deseaban? Algo es seguro: querían que les hicieran el amor con música. Querían que el hombre no fuera una criatura tosca, que va directo a su objetivo y punto."

Stevenson y Lawrence escriben sobre el amor desde distintas perspectivas, sin embargo, para ambos, el encuentro de dos seres es la condición de la realización. Como dice el segundo de ellos, "cuando uno separa a un hombre del resto y lo aísla en su pura y maravillosa individualidad, lo que queda no es en modo alguno el hombre, sino apenas el equivalente a una patética colilla de cigarrillo".

Otros títulos (y tapas) de la colección:







Nota publicada en Tiempo Argentino
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8 ene. 2018

Keiji Haino, una persona fuerte


Keijii Haino, una leyenda del under japonés, emerge con sobretodo, lentes oscuros, barbijo y bastón en las tinieblas de la música japonesa contemporánea. Sus discos son una apuesta intransigente por un sonido que irremediablemente se aleja de la ecuación música = caricia auditiva. El aire legendario que lo rodea procede de la variedad de sus proyectos y alianzas, que por más de cuatro décadas se lanzan siempre un poco más allá de sí mismos.

La invitación es amable, pero nos pide que estemos dispuestos a ir a los extremos. Acá, algunos engranajes de una maquinaria sin igual que rueda tanto por el noise como por un minimalismo electrogótico.

 Proyectos Haino

Tenshi No Gijinka (Tzadik, 1995)
Un gran disco, por su profundidad sónica y poética. Y casualmente un trabajo en el que Haino se vuelca hacia instrumentos inusuales en un plan ritual e intimista (con algunas explosiones inevitables). Toca objetos de metal, parecen campanas, platillos, y otros difíciles de discernir con exactitud. También utiliza un instrumento de viento, canta y habla. Un músico con la capacidad de no depender de un instrumento. Se lo nota muy poco protegido, el disco es una muestra transparente de su delicadeza y espiritualidad.



Keiji Haino with Boris - Black: Implication Flooding (Inoxia Records - 1998)

Disco grabado con la banda japonesa de metal Boris. Los momentos “más Haino” parecen una regresión a un estado primigenio y desde ahí la música se desarrolla. Un sonido sostenido que se expande y una voz que pronuncia palabras monstruosas, como un lenguaje en descomposición. Con algo así arranca "A Rise, A Moment Before Something Unexpected Is on the Verge of Starting", el primer tema del disco, sonidos retorciéndose, juntando fuerza. Luego gritos y lamentos, y de vez en cuando tambores y cadenas perfeccionan el paisaje. La capacidad vocal de Haino le permite expresarse de los gritos a los susurros, desde los gemidos más lastimeros hasta el alarido brutal. En este tema, igual que en el sexto, Haino toca una caja sruthi electrónica. En ambos se sale de los caminos del heavy y vuelve a la experimentación. Muchas canciones de Haino poseen títulos larguísimos, pequeñas piezas literarias de un barroco post-apocalíptico, otras apenas siguen una enumeración.



Pan sonic & Keiji Haino. Shall I Download A Blackhole And Offer It To You. 

Un disco capaz de capturar la atención de los más diversos públicos por su capacidad de interpelar personalmente al escucha. El sonido de este disco, grabado en estudio poco antes del concierto en Berlín en 2007, es resultado de la colaboración con el grupo electrónico-experimental finés Pan sonic, creado por Mika Vainio e  Ilpo Väisänen. El tema “In the Hollow Created Between the Eyebrows” presenta una entrada amable, una voz aguda y dulce se balancea mientras una estática emerge desde el fondo abriendo un ambiente oscuro que da paso a otra voz, tormentosa. El sonido muta, articulando una experiencia inusual, con muerte súbita. “So Many Things I Still Have Yet To Say” presenta una deriva del sonido electro- industrial, comienza con un sonido orquestal que deriva en un flujo sonoro que va dejando sentir las  diferentes fibras que lo componen.

 Fushitsusha   
Con la banda Fushitsusha, Haino viene agitando la escena under de Japón a puro noise y distorsión desde finales de los años setenta. Un Godzila gigantesco que se agita en los parlantes. En los muchos discos de este grupo, cuya formación ha ido cambiando a través del tiempo, se advierte el trabajo de Haino en un formato específico y clásico, el del power trío. Un grupo de rock, con el ímpetu de Haino, con las distorsiones y el contrapunto del silencio. Algunos sentirán un límite ante esta propuesta, la frontera del universo musical, la no-música. Uno no sabe, pero puede imaginar que una catarsis cósmica puede sonar de modo similar. Como ejemplo, se pueden escuchar las primeras grabaciones, Double Live I y II (PSF, 1989 y 1991) o el concierto en vivo de St John-at-Hackney del 5 de octubre de 2012.
Nijiumu

El proyecto Nijiumu está rodeado de misterio. “La mezcla de lo que es y lo que no es”, arriesgan algunas traducciones. Incluye varias propuestas, la primera, solista, es un ambient gótico de 1990 cuyo hilo conductor parece ser la creación de música para alguna película inexistente, pero que Haino es capaz de relatar al detalle. Los otros son proyectos grupales posteriores (aunque muchas veces la identidad de los participantes permanece oculta).


Driftworks, parte de este proyecto, es un caja-laboratorio con cuatro CD y, si de sonidos de calabozos se trata, Nijiumu (Live) parece un viaje a la pequeña celda del hospicio psiquiátrico en que Renfield, el siervo del conde Drácula, experimenta con arañas y moscas mientras espera el arribo de su amo. Los sonidos de la percusión, la guitarra, entre otros instrumentos difíciles de identificar se pierden en el espacio oscuro y profundo que ellos mismos van creando. Una propuesta minimalista en la que los sonidos organizan sutiles recorridos y que en el final se expresa a través de un canto suave que se desvanece en los entresijos del silencio. 

Era of Sad Wings surge de un film imaginario, protagonizado por un tal Milkshake, que camina por la tierra de los muertos en busca de un ser amado. “La película no trata sobre  encontrar y resolver algo. La película trata sobre un sentimiento que no cambia y un lugar que nunca termina”, supo explicar Haino alguna vez. Una propuesta musical tierna y delicada que muestra los inagotables recursos de Haino, especialmente en su faceta de vocalista.

Más sobre Keiji Haino en Revista AlOído





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7 dic. 2017

Oreste Berta, Memorias


El año 2016, fui con la gente de la editorial Eudeba a Alta Gracia, Córdoba, a conocer al mítico Oreste Berta. Tuve la suerte de charlar varias veces con él para construir un libro que estuviera a la altura de su vida.

En 2017, las memorias de Oreste Berta se lanzaron en la Feria del Libro de Buenos Aires con tanto éxito que ni pude ingresar a la sala en que se hacía la presentación.

A Berta lo llaman "El Mago" por su capacidad para  elaborar soluciones excepcionales en la preparación de motores y autos de competición. Es un figura notable a nivel internacional. Uno de los hito que recuerda es cuando Juan Manuel Fangio le encargó manejar los tres Torino 380W con los que participó en las 84 horas de Nürburgring de 1969.

El libro está escrito desde su perspectiva y sus recuerdos. Me queda la satisfacción de haber sido parte de este proceso creativo. Luego de meses de arduo trabajo, un gran libro ve la luz.

Arriba, la tapa del libro.
Abajo, con Berta en La Fortaleza, la fábrica en la que "El Mago" encontró su lugar en el mundo.














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