9 oct. 2016

Entrevista con Carlos Gamerro

Foto Eduardo Sarapura
Llego a la casa de Carlos Gamerro de noche y en plena sudestada, empapado, cansado, cargado de cosas, ya más parecido a un chorro fuera de servicio que otra cosa, pero llego para hablar de literatura, de literatura argentina contemporánea con Carlos Gamerro que, por suerte,es un tipo de lo más cordial, le busca la vuelta a las preguntas, las piensa, así que el resultado fue que yo la pasé bien y que el tema se ramificó. Hablamos de los diferentes modos en que se desarrolló el campo de la literatura local, del mercado, mencionó a algunos de sus escritores jóvenes favoritos, como Fedrico Falco y Samanta Schweblin, del Diario de una princesa montonera, de María Eva Pérez, y varias cosas más.

Como suele suceder con aquellos que hacen de la literatura y el arte su trabajo, está inmerso en sus propios proyectos, pero como en su caso muchos de ellos están involucrados con la historia narrativa y sociopolítica nacional (¡cómo separar ambos espacios!), la conversación resultante presenta una gran cantidad de ideas y elementos para reflexionar sobre el escenario presente.

En este contexto, plantear el tema del canon resulta conflictivo, ya que como él mismo explica, “es muy difícil hablar de este tema en tiempo presente. Comparto con Harold Bloom, que es quien ha teorizado sobre esto, que el canon lo construyen los escritores más que los críticos. Y lo hacen a través de su misma escritura. Y eso queda claro posteriormente, al ver quiénes reactualizan o qué autores son productivos en la práctica de los escritores actuales, y cuáles de estos últimos son los que van a perdurar. Eso es lo más decisivo”.

Foto Eduardo Sarapura
–Sí podemos ver qué hicieron Ricardo Piglia, Manuel Puig o Juan José Saer, por ejemplo.
–Podemos analizar cómo actualizaron, transfiguraron o revivieron en su escritura a Roberto Arlt a Jorge Luis Borges y recién ahí empezar a reflexionar y sacar algunas conclusiones. También podemos ver el canon académico que acá tiende a ser de vanguardia más que conservador y que coincide bastante con el periodismo. Pero sí hay autores que tienen éxito de ventas y difusión que no terminan de entrar en ese canon, como Roberto Fontanarrosa o Osvaldo Soriano.

–En los últimos años se ha consagrado a varios escritores más que a uno solo, aun con estéticas en disputa, en una suerte de orden más democrático. ¿Creés que esto se debe a la falta de una figura dominante o es otra forma de construir tendencias?
–Aunque parece pronto, ya podríamos decir que Rodolfo Walsh o Manuel Puig poseen una estatura heroica y hasta mítica y, quizás a Saer también le llegue el turno. Si en el futuro eso le sucederá a Piglia, Fogwill o Aira u otro de esa generación, y luego de la mía y de los más jóvenes, está por verse. Quizás una figura como Roberto Arlt pertenecía a un orden más democrático como decís, sin embargo, hoy es tan relevante como Bioy Casares o Silvina Ocampo… no diría Borges, que en estos términos sería como dios. Por otra parte, Borges cuando estaba vivo y era relativamente joven no tenía esa estatura, ya que a los contemporáneos los tratás como merecen ser tratados: como uno más. Tal vez la democracia funciona en sincronía y de a poco se va formando un panteón. Yo todavía no me doy cuenta si hemos reemplazado un funcionamiento de grandes figuras por una constelación de muchos. Y eso que estamos hablando sólo de narrativa, habría que ver qué pasa en poesía o en teatro, que siempre queda afuera de las discusiones literarias. Qué va a pasar con Rafael Spregelburd, por ejemplo, que es un gran autor, pero que se dedica al teatro exclusivamente.

–¿Te parece que el mercado tiene un juego determinante en la consagración de ciertos escritores?
–Creo que el mercado tiene un rol insignificante a ese respecto en la Argentina. De hecho juega en contra, hay autores que tienen éxito en ese espacio y se quejan de que la academia o la crítica seria les cobra su éxito de ventas dejándolos afuera. Esto tiene que ver con un funcionamiento particular, que se relaciona con la circulación de las editoriales, hoy por hoy, a un autor que aspira al reconocimiento o la perduración casi que no le conviene publicar en los grandes grupos editoriales. Y las independientes no juegan con ninguna desventaja, tienen tanta atención en la crítica como visibilidad en las librerías, no sé si en las vidrieras, pero sí en las mesas donde el público va a mirar. En el mundo anglosajón, que es el que más conozco, vas a una librería y tenés por un lado anaqueles de ficción y por otro lado los best sellers. No se mezclan, como si fueran dos géneros distintos. En Argentina, la separación no es tan tajante, ves mesas de ficción y otras de periodismo o actualidad. Así que al establecer quiénes son los autores relevantes desde el punto de vista literario no creo que el mercado sea importante.


En la literatura latinoamericana durante los años sesenta y setenta, las editoriales movían y promovían lo que se consideraba la mejor literatura. Se publicaba a García Márquez, a Vargas Llosa, a Onetti, a Borges, a Bioy Casares, a Cabrera Infante, a José Donoso, etcétera, y nadie iba y le decía a Augusto Roa Basto: “Che, Yo, el Supremo es un poquito complicado, el lector de hoy no lo va a entender, por qué no lo simplificamos un poco”.  


–Esto último puede relacionarse al terremoto socio-económico de 2001, cuando las editoriales transnacionales se repliegan y comienzan a aparecer una multitud de pequeñas editoriales, de las cuales muchas hoy continúan.
–Sí, lo mismo que pasó con los vinos (risas). Esto es algo que la gente de mi generación no poseía cuando quería salir al ruedo. En mi caso, por ejemplo, cuando quise publicar Las islas, las grandes editoriales no la tomaron y sólo quedaba pagarse la edición. En ese entonces existía Simurg, que era seria y prestigiosa, la colección de ficción la dirigía Sylvia Saítta, te elegían para publicar, pero tenías que pagar. En ese contexto no estaban dadas las condiciones para que surgiera una profusión y productividad de autores. Sí creo que esa explosión de editoriales que mencionás es una de las grandes cosas que han sucedido. En la literatura latinoamericana durante los años sesenta y setenta, las editoriales movían y promovían lo que se consideraba la mejor literatura. Se publicaba a García Márquez, a Vargas Llosa, a Onetti, a Borges, a Bioy Casares, a Cabrera Infante, a José Donoso, etcétera, y nadie iba y le decía a Augusto Roa Basto: “che, Yo, el Supremo es un poquito complicado, el lector de hoy no lo va a entender, por qué no lo simplificamos un poco”. Hoy en día lo que se promueve de los grandes grupos o los grandes premios es una literatura mucho más liviana. La divisoria de aguas es Isabel Alllende, ya García Márquez es considerado difícil, hoy le dirían: “Che son todos Aureliano y José Arcadio, la gente se va a perder, poneles nombres distintos.” Las grandes editoriales promueven productos de mercado fáciles, incluso copian al cine de Hollywood que desde hace añares hacen test para evaluar sus productos, en este caso con sus lectores promedio, para ver si entienden, si no se aburren, si la dejan por la mitad. Después van al autor y le dicen “nuestro estudio de mercado da que este final no anda, vamos a tener que cambiarlo”. Esto se hace en los países anglosajones, y vuelvo sobre lo que dije antes, pero sobre los libros que tienen la etiqueta “best seller”. Si está claro que ese es un género determinado con sus propias reglas y se produce para un público determinado, todo bien. Ahora, si vendés como buena literatura algo que se produjo como best seller, estás degradando y promoviendo autores que podrían jugarse a hacer cosas mejores. Y ahí es tan importante el rol de las editoriales independientes, pequeñas o medianas, donde se refugia cada vez más la buena literatura. Por supuesto, esto se relaciona con el sistema de ventas, los grandes grupos inundan todas las bocas de expendio, y a los dos o tres meses se terminó. Localmente, una editorial que publica cuarenta títulos por mes está vendiendo revistas con forma de un libro, yo publiqué una sola novela en un gran grupo (El sueño del señor juez), y a los siete meses la estaban vendiendo en supermercados Norte. La buena literatura es best seller a lo largo de décadas. Borges vendió más que todos los autores de éxito inmediato a lo largo del tiempo. También debemos mencionar el desarrollo de la poesía de los noventa, que fue un poco distinto. Había movidas colectivas de juntarse a recitar y escuchar. Y por supuesto está el fenómeno de Internet.

–Esta “intrusión” de la tecnología que mencionás, ¿tiene la potencia de generar una escritura o un lector diferente?
–Ahí están las dos cosas. Por un lado, Internet funcionó como un mero soporte de lo que sería igual si se publicara en papel, pero sin los costos. Por otro lado, y lo más interesante, son los nuevos tipos de escritura que a su vez modifican el producto libro. Un caso paradigmático –aunque no soy lector online– es el Diario de una princesa montonera, de María Eva Pérez, que también es parte de la literatura de hijos de militantes. Ella empieza escribiendo un blog en el que se juega a trabajar con ironía y a veces con mucho humor –y con mucho dramatismo y dolor, por supuesto– esos temas y, de acuerdo a las respuestas que iba recibiendo, iba explorando nuevas formas o animándose a ir más lejos. Y claramente cuando leés el libro publicado en papel te das cuenta que alguien que se pone a escribir en soledad no hubiera llegado a esa escritura. Hay algo en la forma blog que fue determinante.

–En este caso tiene que ver con un  dialogo más fluido, como una escritura en proceso...
–Sí, las respuestas, aunque en papel no están publicadas, se sienten y es claramente una novela derivada de un blog. Si es que se trata de novela, porque uno le dice novela, porque todo puede ser novela, es una categoría que permite incluir casi cualquier cosa.

¿Qué rol cumple la escuela? ¿Debe empeñarse en crear lectores o tirar la toalla?, y entonces decir: analicemos series o historietas que enganchan más a los alumnos. Todo ese terreno de la escolarización, y aun lo más básico que es la alfabetización está por verse. Especialmente con el nuevo gobierno, porque para acceder a Internet hay que tener computadora, y es distinto un gobierno que reparte computadoras a uno que no lo hace. Y la necesidad de leer y escribir con las nuevas tecnologías sigue estando.

–Y en términos de influencias, la literatura se extiende además a las series, y las referencias ya no son sólo a cierta tradición literaria, sino a Lost o Breaking Bad. 
 –Si la cultura de masas es intrínsecamente democrática o no, es un viejo debate. Y uno en principio tendría que decir que no, porque esa cultura es compatible con una élite productora y un mercado consumidor. De hecho, lo de las series es muy discutible, porque se ve un desarrollo de un imperialismo cultural muy fuerte que va desplazando a otros programas de producción local. Con Internet y los blogs, creo que se da otro proceso, porque hay comunicación en ambas direcciones y creo que toda comunicación unidireccional es, por definición, antidemocrática. Dentro de esto mismo, está la cuestión de si las competencias de la lectura que se ponen en juego han cambiado. ¿Cuál es el público que ha desarrollado las competencias para leer literatura?, ¿ha aumentado?, ¿se ha mantenido igual? ¿ha disminuido? ¿Qué rol cumple la escuela? ¿Debe empeñarse en crear lectores o tirar la toalla?, y entonces decir: analicemos series o historietas que enganchan más a los alumnos. Todo ese terreno de la escolarización, y aun lo más básico que es la alfabetización está por verse. Especialmente con el nuevo gobierno, porque para acceder a Internet hay que tener computadora, y es distinto un gobierno que reparte computadoras a uno que no lo hace. Y la necesidad de leer y escribir con las nuevas tecnologías sigue estando.

–En Argentina los cambios políticos inciden directamente en la producción literaria. En Europa, que tiene una tradición que se remonta hasta lo mítico y con ciertas necesidades cotidianas cubiertas, la literatura parece que puede seguir un rumbo más liberado de sus coyunturas inmediatas.
–La ficción de todo país periférico, tercermundista, o como quieras llamarlo, está absolutamente vinculada a la coyuntura política, porque afecta nuestra vida cotidiana hasta lo medular. Si hoy podés poner la calefacción o no, depende del gobierno. Imaginate que a un norteamericano o a un inglés le decís que va a poder hacerlo o no de acuerdo a un gobierno. Piensa que lo estás cargando. Hay un núcleo de derechos adquiridos que son intocables, más allá de quien gobierne. Acá cambia un gobierno y cambia todo, y se vuelve a cero. Entonces, es casi imposible una novela privada, independiente del contexto sociopolítico. Incluso no hay procesos privados en nuestra vida y, por lo tanto, no hay vidas exclusivamente privadas en la ficción. Son lujos de las literaturas canadiense, australiana, europeas.

–Hoy, ¿ves debates como en otros tiempos?, entre lo viejo y lo nuevo, o entre una literatura más de corte social y otra más formalista, pienso en los grupos Boedo y Florida, por ejemplo.
–No noto que el campo literario esté dividido tan abruptamente, ni siquiera con esas diferencias tan tajantes entre K y anti K que fue muy fuerte en los últimos años. La gran mayoría de los escritores no hicieron jugar esa pieza. El modelo de organización del campo literario –y estoy sonando a profesor de Puán– no es la guerra, pero tampoco una idealizada convivencia democrática. Que para la vida es maravillosa pero para la literatura es aburridísima, y no tiene que sujetarse a los parámetros de la convivencia. A mí por lo menos releer los debates de los sesenta y setenta en los que todos estaban con el dedito en alto diciendo qué es lo que hay que hacer me da cierto cansancio. No es que niegue a la política, sino que la literatura no es el parlamento. Si la literatura, en cualquiera de sus formas de intervención sobre lo social o lo político, no encuentra una forma contundente o perdurable no pasa demasiado. Cuando Walsh escribe, posteriormente, sobre Operación Masacre, dice: “la releo y hay oraciones que me gustaría cambiar”, no dice hay datos que me olvidé, hay testigos que no entrevisté. Habla de la sintaxis y la forma de las oraciones. 

Antes los escritores tenían que hacerse cargo de la verdad y de los hechos, porque ni el periodismo ni los historiadores estaban en condiciones de hacerlo. En las sociedades donde no hay libertad de expresión,  son los garantes de la verdad. Pero a partir del ‘83 las mejores denuncias pueden hacerse por vía judicial o en los diarios, y la verdad no da más valor a una obra literaria. Entonces, el trabajo sobre lo específicamente literario se vuelve lo más importante. Me parece positivo que la búsqueda de la verdad esté más repartida.

–¿Podríamos decir que hubo un cambio a partir de la llegada de la democracia?
–Algo cambió en 1983, antes los escritores tenían que hacerse cargo de la verdad y de los hechos, porque ni el periodismo ni los historiadores estaban en condiciones de hacerlo. En las sociedades donde no hay libertad de expresión, los escritores son los garantes de la verdad, ahí sí el contenido tiene más peso, pero a partir del ‘83 las mejores denuncias pueden hacerse por vía judicial o en los diarios, y la verdad no da más valor a una obra literaria. Entonces, el trabajo sobre lo específicamente literario se vuelve lo más importante. Me parece positivo que la búsqueda de la verdad esté más repartida.

Publicado en Revista T, septiembre 2016


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